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Publicado 2017-05-31
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La terrible amenaza que sufrieron 6 árbitros argentinos por parte de Pablo Escobar

La Copa de Libertadores de 1989 presenció emociones de principio a fin, siendo su final un verdadero espectáculo en el que el Atlético Nacional de Medellín se impuso sobre el Olimpia de Paraguay en la tanda de penaltis. Sin embargo, con la Copa de Libertadores 89 está también relacionada una historia muy turbia que une a los árbitros del partido con el jefe del Cartel de Medellín, Pablo Escobar. Era mayo de 1989 y el partido de semifinal entre El Atlético Nacional y el Danubio Fútbol de Montevideo iba a ser al día siguiente. En el partido de ida los dos habían empatado a 0 y el finalista se decidiría en la vuelta. El partido iba a ser arbitrado por Carlos Espósito, Abel Gnecco y Juan Bava, los tres de nacionalidad argentina. Sin embargo, el chófer (y antiguo árbitro de fútbol) Octavio Sierra les advirtió de que no salieran esa noche a tomar algo por su propio bien. Los tres aceptaron, cenaron en su hotel Dann y se acostaron pronto.

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Alrededor de la una de la madrugada, tres jóvenes armados con ametralladoras y un hombre mayor vestido de negro entraron a disparos en su habitación en el hotel, gritando y rompiendo lo encontrado a su paso. “Quietos, quietos todos. Escuchen bien, hay 50.000 dólares para cada uno, tiene que ganar Nacional, ¿escucharon bien?, estamos cumpliendo una orden. Ustedes tienen un precio aquí, otro en la Argentina o donde quieran que se vayan. Las cabezas de ustedes tienen un precio, ¿me entienden bien? Tiene que ganar Nacional”, gritó el hombre.

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Tras las amenazas, Gnecco intentó tranquilizar la situación, pidiendo que se bajaran las armas. Por aquel entonces ya habían reconocido que se trataba del Cartel de Medellín. “Vea, señor, nosotros somos árbitros, no venimos ni a beneficiar, ni a perjudicar a nadie, vamos a jugar el partido con serenidad, quédese tranquilo y bajen las ametralladoras, por favor… Y llévense el portafolios con la plata, vayan tranquilos. Todo va a salir bien”, respondió Gnecco. Los atacantes se retiraron, no sin antes gritar más amenazas de que debería ganar el Nacional o de lo contrario morirían. Aún dadas las circunstancias, los árbitros no aceptaron el soborno de 50 mil dólares para cada uno.

Aquella noche ninguno de ellos durmió más. Espósito y Bava quisieron huir o acudir a la policía o la embajada, pero Gnecco les tranquilizó: “Muchachos, todo cuanto hagamos a partir de ahora, estos tipos lo van a saber, tranquilos, juguemos el partido, no hablemos más con nadie, dejemos eso para cuando estemos en casa. Ahora quedamos en manos de Dios y haremos su voluntad. Somos decentes y él nos va a proteger”. Y así pasó. Pero incluso antes de jugarse el partido, a la mañana siguiente, el auto que les iba a llevar del hotel les dejó a más de un kilómetro que tuvieron que pasar a pie. En su camino vieron una corona de flores gigante colgando de una de las paredes, un crucifijo y tres velas, señal preparada para recordarles la amenaza.

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Por suerte para los árbitros, quienes realizaron una labor profesional, el Nacional logró imponerse por 3-0 en el primer tiempo y ganar el partido completo con facilidad por 6-0. El Nacional estaba en la gran final, mientras que en la otra ronda de semifinales el Olimpia de Paraguay había conseguido una clasificación histórica, ganando por 3-2 al Inter de Porto Alegre. La final se iba a disputar entre el Olimpia y el Nacional en un doble partido, del que el primero fue ganado por el equipo de Paraguay por 2:0. La vuelta iba a ser en Colombia y sus árbitros iban a ser Juan Carlos Loustau, Jorge Romero y Francisco Lamolina.

Sin embargo, parece ser que el Cartel de Medellín quería obligatoriamente la victoria para el equipo colombiano, aunque el propio Pablo Escobar nunca se pronunció fan del equipo. Los árbitros se alojaron en el hotel Tequendama y mientras cenaban la tarde anterior, una persona vestida de traje negro se les acercó con un maletín en la mano y dijo en voz baja: “Colombia no puede perder más finales”, al mismo tiempo apoyando el maletín contra la mesa. Como respuesta, Romero y Lamolina quisieron pelearle, pero este mostró que tenía un arma encajada en la cintura. A pesar de ello se creó un tumulto en el que Loustau le metió un codazo, mientras el intruso era retirado con el maletín. Sólo logró soltar otra amenaza: “O gana Nacional o se vuelven en ataúdes a casa”.

Una vez más, el partido se jugó bajo amenaza de muerte y una vez más los árbitros no tuvieron otra alternativa que jugar el partido, ya que cualquier intento de buscar ayuda por parte de la policía u otros organismos gubernamentales significaría la pena máxima para ellos. Así que con el marcador en su contra por 0-2, Loustau, Romero y Lamolina salieron al campo. La actuación de los árbitros se consideró impecable y de todas maneras el Nacional logró marcar dos goles antes de terminar la segunda parte del encuentro. Las emociones en el estadio estaban en el zénit, al igual que los nervios de la terna arbitral. El resultado del partido, la copa y posiblemente sus vidas se iban a decidir en la tanda de penales…

Por si la situación no fuera lo suficientemente emocionante, después de la tanda de penaltis los equipos seguían empatados 3-3. De ahora en adelante todo se jugaría a muerte súbita: el primero en fallar de la tanda mientras el otro marcaba se iría a casa con las manos vacías. Pero aquí el partido tampoco pudo presenciar el desenlace en las tres primeras series. No fue antes del cuarto intento, o sea después de 17 tiros penales en total que Leonel Álvarez transformó el partido en victoria del Nacional de Medellín.

La Copa Libertadores era plenamente colombiana y los árbitros podían respirar con alivio. O por lo menos eso pensaron al principio, ya que no fue el final de las aventuras de Loustau con el Cartel de Medellín. Poco después, en su camino de vuelta en taxi al hotel, dos autos se cruzaron con él y le secuestraron. ¿Qué pasó con Loustau una vez que cayó en manos de los sicarios de Pablo Escobar? Te lo contamos a continuación.

“Tú no cumpliste lo pactado. Te ofrecimos un maletín con el dinero y lo dejaste. No entendiste el mensaje”, escucho Loustau una vez en el coche de los sicarios. Le llevaron fuera de la ciudad, a 8 kilómetros de centro y allí le abandonaron como castigo. El árbitro corrió, temerario de que alguien podría atacarle desde algún matorral. Gracias a un vecino de la zona logró encontrar un taxi y volver a su hotel. Sus compañeros de trabajo Lamolina y Romero le pusieron dentro de una bañera caliente mientras un médico que acudió a su cuarto le dio un sedante. No fue antes del vuelo de regreso que contó a sus amigos lo que le había pasado.

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“Me cruzaron dos autos, se bajaron cuatro tipos con ametralladoras en el medio de un descampado, me querían matar porque dijeron que no entendimos el mensaje cuando rechazamos el maletín que trajo aquel tipo al hotel…” logró titubear Juan Carlos Loustau, todavía muy nervioso. Estaba claro que las amenazas no eran palabrería barata de parte de los sicarios, ya que en numerosas ocasiones demostraron que saben sembrar el terror y hacer desaparecer personas sin rastro alguno.

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Después de muchos años, los árbitros siguen temerarios de contar la historia por lo inquietantes que fueron aquellos momentos. Podemos resumir que los árbitros argentinos efectivamente comprendieron el mensaje. A lo mejor no fue el mensaje de los sicarios de Pablo Escobar Gaviria, pero sí el verdadero mensaje de la vida. Si el artículo te ha parecido curioso, no dudes en compartirlo con tus familiares y amigos.
Fuente: YouTube / Twitter - VladimirMelo10 / Twitter - Almuneton / Giphy / Starstock

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