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Por qué el nuevo bebé del príncipe Guillermo y Kate Middleton es un verdadero hito para su hermanita, la princesa Charlotte...

El poder es un concepto sobre el que muchos han reflexionado y escrito en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. Si bien es cierto que tiende a concentrar en minorías en la cúspide y a someter a las mayorías en mayor o menor medida, no es menos cierto que si logra mantenerse es porque consigue dar con una cierta aceptación. Es decir, que si las masas ceden a formar parte de la base en la pirámide social, es porque las circunstancias que preceden al periodo histórico en el que se da el equilibrio que las discrimina da lugar a un estado por el que convienen en aceptar este orden.

Pero ¿porque aceptan? ¿Es siempre la violencia y el sometimiento la herramienta que los poderosos se sirven para proteger su posición? Lo cierto es que, aunque la espada ha tenido -y en parte sigue teniendo en algunos ámbitos- su peso en la historia a la hora de configurar los polos de poder de las sociedades, la llegada de la democracia y la implementación de sus mecanismos propios, han abierto las puertas hacia la comprensión del equilibrio social como algo que se defiende por medios mucho más complejos y no tan necesariamente negativos como el mero sometimiento por la fuerza.
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En esta línea cobra interés hacer mención al concepto de la legitimidad, que describió en su día Max Weber. La legitimidad hace mención al reconocimiento voluntario por parte del ciudadano de la autoridad que lo domina, y este autor, distinguía entre tres tipos. La legitimidad “tradicional” toma base en el valor que merece la herencia histórica de según que figuras (por ejemplo la monarquía hereditaria), por su lado la legitimidad “carismática” hunde sus raíces en elementos personales característicos de líderes puntuales que logran seducir a las mayorías dentro de una sociedad (por ejemplo Adolf Hitler, o Benito Mussolini,...), y finalmente la legitimidad “legal-racional” que se fundamenta sobre motivos racionales (por ejemplo el poder del parlamento en democracia, que se acepta por la razón obvia de que la mayoría lo vota).

Pues bien, todo este complejo entramado teórico nos sirve para entender el motivo por el que la monarquía, a pesar de las contradicciones que ofrece su evidente carácter anacrónico, logra introducirse de manera exitosa en el entramado institucional de algunas democracias actuales como la española, o la británica. Gozan de la ya definida legítimidad “tradicional” que su capacidad de conquista y mantenimiento del poder a lo largo del pasado histórico de estas naciones les ha otorgado.

Así, haciendo concesiones puntuales (han ido reduciendo su papel desde el potente influjo que ostentaban en los tiempos del absolutismo, hacia la labor testimonial a la que les relega su estatus actual de “Jefes de Estado” o similar), y tratando de relegitimar su figura a la más mínima oportunidad (a través de por ejemplo el 23 de Febrero en España), han logrado llegar a poder definirse como parte de Estados sociales y democráticos de derecho, al menos en un plano formal.

Puesto que las contradicciones de facto con esta definición son muchas, y la realidad cotidiana las pone de manifiesto. La mera lógica delata que raramente se puede considerar como democrática, una tradición que cede la jefatura de un estado por vía hereditaria. De la misma manera que en duda quedan muchos de los valores de igualdad que un estado debe promover, cuando la figura del monarca es inmune, o cuando los hombres toman preferencia automática en la línea de sucesión por el simple motivo de pertenecer al género masculino.

Esta manera de proceder según el género, que por fín ha empezado a cambiar en la última generación de la mayoría de las casas reales europeas, tiene su origen en normas caducascomo La ley de Instauración (de 1701) en el caso inglés y en una de las pocas partes supervivientes de un código de leyes que viene de los francos salios llamado Ley Sálica. Sin embargo como ya apuntábamos las cosas han ido progresando en este sentido, y prueba de ello da el hecho de que por vez primera en la historia, la primera hija mujer de Kate Middleton y el príncipe Guillermo llamada Charlotte, no deberá ceder su puesto en la línea sucesoria respecto a su nuevo hermano menor varón.

Claro está, que esta monada de niña todavía no no se hace a la idea del hito que su nacimiento supone para la casa real, pero lo cierto es que la revocación de la normativa que daba preferencia a los hombres para heredar la corona que tuvo lugar el pasado año 2013, va a tener sus primeras consecuencias históricas positivas en su nombre. Así, ahora mismo Charlotte está en el cuarto lugar del árbol de sucesión a la corona inglesa que ahora mismo ostenta la Reina Isabel II. Por tanto, su nuevo hermano permanecerá en la quinta posición en esta cola.
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Fuente: Twitter

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