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Publicado 2016-01-14
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Cuando llegó al pueblo, no pudo creerse lo que sus ojos veían

Existe una gran cantidad de historias acerca de desapariciones de personas en las cuales se vislumbra ciertos factores un tanto sospechosos. Estos factores a veces están fuera de la lógica, por lo que hace aún más misteriosa la desaparición.

Hay muchos tipos de desapariciones de personas, de solamente una persona o varias. Pero cuando un pueblo entero desaparece y no se sabe con exactitud el por qué, ni se tiene el más mínimo indicio del paradero de esta gente, es motivo para sospechar que algo muy raro ha pasado. Este pueblo llamado Anjikuni se encuentra a lo largo del río Kazan en la remota región de Nunavut, Canadá. La zona es conocedora de múltiples leyendas y el folclore nativo sobre espíritus malignos del bosque e incluso la posible existencia de monstruos como el Wendigo.

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Este sorprendente suceso ocurrió a mediados de Noviembre de 1930, un comerciante de pieles llamado Joe Lebelle, estaba por la zona cuando un tormenta le sorprendió y necesitaba un lugar para refugiarse y descansar. Se acercó a un pueblo en el que él ya había estado situado en las laderas rocosas del lago. El comerciante se había hecho amigo de los habitantes de dicha aldea.

Cuando llegó, para su sorpresa lo único que vió en el pueblo fue oscuridad y un silencio inquietante. Joe se sorprendió al ver que no había nadie en la aldea, como si todo el mundo se hubiera ido por algún motivo. Joe estuvo en el pueblo dos semanas antes, siendo un asentamiento lleno de vida, los niños corriendo y jugando, hombres cortando leña y charlando entre ellos.

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El comerciante al ver tal cambio no podía creer lo que sus ojos veían. Lo único que se escuchaba era el viento las ventanas de madera golpeando. Buscó desesperadamente algún tipo de pista para saber donde pudieron ir todos o el motivo del abandono de la aldea.

Miró hacia el lago y allí estaban los kayaks de los esquimales que permanecían en su lugar. Las casas seguían abiertas como de costumbre.

Joe entró en las cabañas para buscar algún indicio que le explicará la situación o comprobar si todavía había alguien en el pueblo. Pero no fue así, no había ningún tipo de prueba que hiciera pensar que el pueblo había sido saqueado ya que en algunas casas estaban los platos de comida sobre la mesa, en otras se podía ver una cacerola en la cual se estaba cocinando pescado. Aunque ese pescado estaba más que quemado ya, daba a entender como si todo el pueblo de repente dejara lo que estaba haciendo y se fueron. 

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No había signos de lucha o confusión ya que el pueblo hubiera reaccionado ante un posible ataque. Las armas estaban en su sitio. Pero lo que más sorprendió a Lebelle fue que no había ningún tipo de marca en el suelo de las posibles pisadas de los habitantes. Al verse superado por el miedo, decidió continuar durante la noche enfrentándose a las altas temperaturas.

Al amanecer, fue a la oficina de telégrafos más cercana y alertó a la Policía Montada de Canadá. Exhausto, Joe contó todo lo que él vió y esta información fue transmitida a la sede Real de la Policía Montada. Los canadienses jamás habían escuchado una historia igual, por lo que al instante se organizó una expedición para investigar el pueblo y el posible paradero de los habitantes de la aldea.  

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Al llegar al pueblo, se encontraron dos nuevas pruebas de la posibilidad de que hubiera ocurrido un acontecimiento sobrenatural. La primera prueba fue ver los trineos de perros de los esquimales. Extrañamente se encontraron los cadáveres de los perros esquimales cubiertos con nieve compactada por el viento de los alrededores del campamento. Al no ser alimentados murieron.

La segunda prueba llegó cuando vieron que el cementerio del pueblo había sido profanado. Otro elemento inexplicable fue el que encontró la policía, la tierra del cementerio había sido eliminada en las colinas uniformes y depositadas al lado de cada tumba. demostrando que no habían sido animales. Además el suelo estaba tan congelado que era imposible cavar a mano. Los esquimales entonces no podrían viajar sin sus medios típicos de transporte. Ellos nunca dejan a sus perros ya que juegan un importante papel para la supervivencia de este tipo de comunidades aisladas por estas temperaturas. 

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Era raro que la tumba estuviera abierta ya que para ellos la profanación de los muertos es uno de los tabúes más graves para el pueblo inuit.

Si esta historia no era suficientemente extraña, los oficiales afirmaron que mientras estaban explorando los alrededores del lago vieron extrañas luces pulsantes en el horizonte. Estas luces no parecían naturales ya que no era algo que habían visto antes.

Un grupo de rescate se detuvo en una cabaña que pertenecía a Armand Laurent. Él y sus dos hijos, oyeron que algo raro estaba ocurriendo las últimas noches. Vieron una especie de luz con un gran brillo en los cielos nocturnos y objetos con formas extrañas sobrevolando el lago Anjikuni. El cazador prohibió a sus hijos salir de la casa y que ninguno de ellos se separase de su rifle de caza. Los 3 dijeron que los objetos volaban sin producir sonido alguno y a veces se encontraban sobre la cabaña. Llegaron a ver a más de 15 de ellos volando al mismo tiempo en diferentes altitudes. 

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Al final, la policía después de algunas investigaciones llegaron a la conclusión de que simplemente los aldeanos habían entrado en una especie de migración estacional. Nunca localizaron la ruta de migración siendo imposible ya que la migración se hubiera llevado a cabo de prisa y corriendo. ¿Por qué habrían abandonado sus pertenencias y a sus mascotas?

El misterio de lo que ocurrió ese trágico día nunca se resolvió y la región del lago Anjikuni ahora todo el mundo intenta evitarla. Se crearon historias sobre la posibilidad de que estuviera maldita la aldea. De hecho, ninguna otra tribu inuit vive en un radio de 50 kilómetros del río. A día de hoy todavía no se sabe que pasó en aquel lugar. ¿Por quién y por qué la desaparición? De momento, nadie lo sabe.

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