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Publicado 2016-02-26
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Todos pensaban que estaban muertos...pero se equivocaban, habían sido enterrados vivos

Todos los avances médicos han convertido en prácticamente imposible un espeluznante hecho que no resultaba tan infrecuente en el pasado: el entierro de personas que no estaban muertas, por mucho que lo parecieran. Desde mediados del siglo XVII, y sobre todo a lo largo del XIX, un temor recorrió Europa y EE.UU, el de ser sepultado antes de tiempo. Un estudio parisino sobre últimas voluntades revisó mil testamentos realizados entre 1760 y 1777: trece de los cuales incluían protectores para prevenir un entierro precipitado, otros 34 pedían, sin más, que se retrasara el entierro.

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Ese pánico parecía tener fundamento. En 1749, el médico francés Jean-Jacques Bruhier afirmó haber encontrado 56 casos de este tipo. En el ocaso del siglo XVIII, Françóis Thiérry, de la Facultad de Medicina de París, sostuvo que el fenómeno afectaba a un tercio o quizá a la mitad de quienes morían en su cama. A principios del siglo XX, los investigadores William Tebb y E.P Vollum publicaron un listado de 161 personas enterradas, diseccionadas o embalsamadas vivas.

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Otros aumentaban la cifra a uno de cada diez individuos, basándose en el número de cuerpo que se hallaban en posiciones extrañas al exhumarlos. En Suecia se decía que este espanto sucedía en el 10% de enterramientos. En Francia se habló de uno de cada mil, y en Inglaterra y Gales se dieron datos de 2.700 falsas muertes. El indicio más valorado para determinar que alguien había sido enterrado vivo era la comprobación de posturas y expresiones poco naturales en los cadáveres devueltos a la luz: muecas de dolor, brazos y piernas levantados...El problema, que venía de muy lejos, era definir en qué momento concreto había dejado alguien de vivir. ¿Cómo se ha ido resolviendo esto en hasta nuestros días?

Incluso hoy, se dan ocasiones en las que cuesta diagnosticar que una persona ha pasado a mejor vida. A una temperatura corporal de 20ºC, el organismo necesita sólo el 15% del oxígeno que suele requerir, la cifra puede descender si sumamos una ingesta excesiva de barbitúricos, fármacos que influyen poderosamente en el sistema nervioso central y pueden conducirlo a una anestesia total. En tal estado extremo, sólo se registran diez o menos latidos por minuto y apenas dos o tres respiraciones, es difícil detectar el pulso o la respiración.

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En este caso, el electrocardiograma (ECG), usado desde 1930 para certificar las muertes dudosas, es falible, pues la caída de actividad del sistema nervioso puede ser tan grande que el dispositivo no registra signos de actividad cerebral. Hay ejemplos de esto: en 1995, Daphne Banks fue dada por muerta por el médica después de una sobredosis de medicamentos. La trasladaron al tanatorio de Huntingdon (Reino Unido), donde un amigo de la familia la oyó gemir. La llevaron a toda velocidad a una unidad de cuidados intensivos, donde acabó recuperándose. A continuación le contaremos los casos de cuatro personas que fueron enterradas vivas.

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En 1822, un alemán de 40 años dedicado a la zapatería, fue declarado fallecido. Todos los procedimientos de rutina fueron aplicados, los médicos e incluso los familiares habían confirmado el deceso. A pesar de que no se veían signos de rigidez “se veía muerto”, decían. El día del funeral, todo siguió como lo planeado, hasta que mientras cubrían el féretro con tierra, se escucharon golpeteos en la superior del mismo. Fue entonces cuando sacaron el féretro, lo abrieron y el hombre para sorpresa de todos, se movía. Cuando lo sacaron un curandero abrió una de sus venas para confirmar el deceso. Desafortunadamente, el hombre se desangró, pero seguía vivo. Finalmente, después de tres días de esfuerzos para su recuperación el zapatero murió “por segunda vez”, esta vez definitiva.

En 1915, una mujer de 30 años de edad, originaria de Carolina del Sur en EE.UU, sufrió de un ataque fatal de epilepsia. Todos la dieron por muerta. Sus médicos y familiares planearon su funeral, aún así su hermana, quien vivía en otra ciudad, deseaba verla una última vez para guardar el debido respeto y despedirse. Lamentablemente, no pudo llegar a tiempo, por lo que en algo que resultaría raro para nosotros, solicitó que sacaran el féretro para dar el adiós. La sorpresa en este caso fue cuando sacaron el féretro de la tumba, lo abrieron y Essie seguía viva y sonriente por haber sido rescatada. Essie Dunbar vivió por otros 47 años.

En 1867, una mujer francesa de 24 años llamada Philomele Jonetre contrajo cólera. Como se esperaba en la época, poco tiempo después fue declarada muerta. Cuando el sacerdote se encontraba dando el último sacramento, el cuerpo de Philomele fue colocado en el féretro. Dieciséis horas fueron las que el mismo estuvo enterrado bajo tierra, ya que como en el caso primero, el velador escuchó golpeteos. Aunque la mujer fue rescatada, murió al día siguiente por la enfermedad y fue enterrada por segunda y última vez.

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En lo que es probablemente el caso más célebre de personas enterradas mientras seguían vivas, está el caso de un joven de 19 años originario de Francia, Angelo Hays. En 1937, Angelo chocó mientras iba en su motocicleta contra una pared de ladrillos, siendo tal el impacto, que su cara terminó gravemente desfigurada y sus padres no tuvieron autorización de ver el cuerpo.

Después de no tener pulso y tres días de luto, su cuerpo fue enterrado para después ser exhumado por una compañía de seguros para una investigación. El hombre pasó dos días enterrado vivo, realmente se encontraba en un coma profundo por lo que su cuerpo redujo la necesidad de oxígeno para mantenerlo vivo. Después de ser encontrado y rehabilitado, Angelo Hays se convirtió en una celebridad, tanto que incluso personas viajaron para conocer su testimonio. Algunos de los casos fueron exitosos y pudieron vivir para contarlo, personas que enterradas vivas tuvieron la oportunidad de nacer por segunda ocasión.

Fuente: Muy Interesante /Cultura Colectiva

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